jueves, 21 de marzo de 2013

El Peti, Guitarrero y Cantor


Guitarrero, con tu cantar me vas llenando de luz el alma, porque tu voz temblando está, corazón adentro de la farra.
Si alguna vez el tiempo calle para siempre, tu guitarra, sobre tu suelo irá el viento quebrando maderas de jacarandá. Adiós... adiós guitarrero, tu viejo sendero que rumbo h'ai tomar. JUAN CARLOS ZAMATEO
Entre a la habitación y casi que no lo reconocí
Pequeño,  extremadamente delgado y el pelo todo blanco, perdido entre las sabanas, en esa habitación de la clínica Juan XXIII.
Me miró y aunque hizo un esfuerzo, no me reconoció.
-                      -   Soy Carlitos, el hijo de la Lola.
-                       -  Ahhh,  Carlitos, pero que cambiado que estás.
-                       -    Es que han pasado mas de cuarenta  años tío , los dos estamos muy viejos.
El que estaba postrado en la cama era un hermano de mi mama, “ el peti “ , quien sin ninguna duda forma una buena parte de mi niñez.
Guitarrero el, Trovador de  las larguísimas  noches de inviernos muy fríos. Sin duda mas fríos que los actuales
Aun me acuerdo en esos lluviosos atardeceres en el barrio quintu panal, en la pequeña casa de adobe, cuando lo único que le ponía alegría y calor a nuestra vida era el rasguido de su guitarra.
Quedaron en mi memoria aquellas viejas canciones de nuestro folclore que entonaba a toda voz, muchas veces acompañado por el alcohol que le supo ganar mas de una partida.
Barrio de calles de barro y perros de andar cansino.
¿ Año ? allá por el sesenta y tres, el de la muerte de Juan XXIII .
         - No, no, no le puedo alquilar esas piezas, en cualquier momento se pueden caer, el adobe esta todo comido.
Eso le dijo a mis viejos aquel chileno dueño de esas pequeñas piezas de adobe que estaban en el fondo del gran terreno, que se sabia donde empezaba, pero no donde terminaba. Al patio trasero llegaba hasta alla, donde comenzaban los yuyos que querían invadir la calle cercana a la ruta22
Mi viejos insistieron y el chileno accedió . – Está bien, yo se las alquilo, pero si pasa algo no me hago cargo.
Y allá fuimos en ese comienzo de otoño lluvioso con nuestras pocas pertenencias que entraban  en una carretilla.
Se había terminado la cosecha en las chacras y hubo que abandonar aquel viejo colectivo destartalado y sin ventanillas donde nos habíamos refugiado y que estaba debajo de un sauce llorón, al costado de una acequia en el fondo de la chacra donde mis viejos habían trabajado en la cosecha, ese verano después nuestra llegada presurosa desde Cerro Policia .
La construcción sobre la calle Canadá del barrio Quintú  Panal , constaba de dos viejísimas habitaciones de adobe, piso de tierra y sin luz, sin gas y sin agua corriente, la que íbamos a buscar con baldes hechos de lata de aceite a una canilla publica que había en una esquina. El pequeño baño estaba en la parte de atrás y era solo un pozo semi tapado por maderas, y con una desvencijada puerta que había que hacer malabares para que no se caiga cuando entrabamos en el.
Uno de las piezas la usamos de dormitorio y la otra quedó para la cocina.
¿ cuantos eramos ? cuatros, mi viejos, mi hermanita que aun no caminaba y yo,  a lo que había que agregarle mas que ocasionalmente alguno de los hermanos de mi mama. El pety, cotela y durante un tiempo el tungo, los cuales iban y venían.
Allí cerca también alquilaba una pieza el otro hermano de mi mamá, el Ricardo, quien después se traslado a Villa Obrera.
En la misma cuadra también estaba una hermana de mi viejo, La Salvia, que estaba casada con Domingo y tenían dos hijas, Ines y Edith que eran mis compañeras de juego. También estaba Juan Carlos que era hijo de la Salvia, pero no del Domingo. El era un poco mas grande y nunca hubo mucha amistad, por que no me gustaba su forma de ser
Los primeros días mi mama cocinaba en un fogón que había hecho en el suelo. Eran unos ladrillos sueltos, un par de fierros arriba para apoyar la pava o la olla y maderas abajo que alimentaban el fuego.
Ahí cerca había un chileno de apellido Navarrete que tenia una “chata” tirada por un caballo blanco al que mis viejos le compraban cantoneras de álamo que nos servia no solo para cocinar, si no también para calefacionarnos
A los pocos días de estar ahí,  mi viejo consiguió un tambor de chapa, lo cortó y con eso “fabricó” una cocina, así que ya no nos ahumábamos tanto.
Se dice siempre que la pobreza no viene sola, si no que también trae alguna otra desgracia.
Aunque esta desgracia que les voy a contar mas que dramática, fue graciosa.
Al anochecer de uno de los primeros días mi mamá puso la pequeña olla sobre el fogón y comenzó a hacer un guisito. Como había comenzado a hacer mucho frio no sentamos todos alrededor del fuego para recibir un poquito de calor, pero mi tió Mario, a quien le decíamos Tungo ( nunca supe por que ) cuando se fue a sentar pisó sin querer uno de las maderas que estaban ardiendo debajo de la olla  y le hizo como una  palanca, por lo que esta salió volando por encima de los que estábamos ahí.
¿ como terminó la historia? Mi mamá levantó las cosas del piso, las lavó bien y la volvió a poner en la olla. Era eso, o nada, por que era todo lo que teníamos para comer esa noche.
Mis tíos eran todos guitarreros y cantores, sobre todo el peti, quien tambien tiene en su haber algunas canciones compuestas, que seguramente se han perdido por algún camino.
Siempre me llamó la atención que en las yemas de los dedos de la mano izquierda se le habían formado unas canaletas de tanto tocar la guitarra.
Así que los atardeceres muy lluviosos de aquel invierno, nuestro “ranchito” se llenaba de la música que salía del improvisado conjunto folclórico  de mis tíos, a los que el resto de los componentes de la casa también acompañábamos con nuestras desafinadas voces.
El recital de cada dia era un sinfín de zambas, chacareras, gatos y carnavalitos que nos alegraban las largas y frías noches de invierno.
Al poco tiempo de estar ahí, el conjunto fue ganando en instrumentos, por que Paulino ( al que llamábamos cotela ) se consiguió un acordeón y a eso se le sumó un bombo que fabricó el Tungo.
Lo que aun hoy todavía no logro entender es como entrabamos todos en esa pequeña “cocina” , por que la música siempre atrae gente, así que a todos nosotros siempre se agregaban algunos de los vecinos que al atardecer ya llegaban con sus sillas a disfrutar del “concierto”.
En ese tiempo eso era lo único que nos sacaba de nuestra realidad.
¿ trabajo ? mis pobres padres se rompían el lomo todo el día, y si bien nuestro “capital” era mas que escaso, nunca pasamos hambre.
Mi viejo en ese tiempo una vez terminada la cosecha, se dedicaba a hachar álamos, por lo que se iba todo los días cuando todavía estaba oscuro, lo hacía caminando a una chacra que no debía quedar a menos de seis ó siete kilómetros de la casa.
Y mi mamá se iba también muy temprano a limpiar casas, y la mayoría de las veces volvía recién al atardecer, por que salía de una casa y se iba a limpiar a otra. Me acuerdo incluso que en un tiempo había conseguido en un par de lugares adonde solo iba a para lavar los platos. Por supuesto la paga era mas que magra. También me acuerdo que le lavaba y planchaba la ropa a unos muchachos que vivían en una casa de al lado.
Yo tendría unos seis años y mi hermanita recién estaba empezando a caminar, así que mi tarea era cuidarla, darle de comer y limpiarla.
Por supuesto que también le dedicaba un buen tiempo al juego con los otros chicos del barrio, abrigaba bien a mi hermanita y la sacaba al patio para poder vigilarla mientras yo jugaba, a la bolita o la pelota, en el inmenso patio que había delante de la casa.
Ese año no fui a la escuela, ya que recién pude empezar en la vieja escuela N° 32 a los siete años.
¿ cuanto tiempo estuvimos ahí ? la verdad es que no creo que haya sido mas de un año, pero de ese lugar me quedaron recuerdos inolvidables, que me volvieron a la memoria cuando lo vi al Peti en esa habitación del sanatorio. Ese día al salir del sanatorio lo encontré a Paulino, a quien tampoco veía desde que yo era un adolecente.
 En cuanto a Mario, que actualmente vive en Cerro Policia, no lo he vuelto a ver hasta el día de hoy.
Al Peti esa fue la ultima vez que lo ví, unos días después cuando ya estaba un poco mejor se fue de nuevo al campo donde vivía cerca del El Cuy, y a los pocos meses nos enteramos que había fallecido.
Hoy que lo recuerdo en estas líneas, quiero guardar en mi memoria su imagen cuando todavía era muy joven y la guitarra era su gran compañera.
Seguramente en algún lugar hay una guitarra con las cuerdas vestidas de luto.

Carlos Ruiz